seguiré en...
Intentar es fácil
"No me sirve. Limítate a hacerlo."
"No sé si podré."
"Entonces por qué prometes."
"Porque intentar es fácil."
Neurociencia para románticos

Si tengo que averiguar algo de cómo funciona el cerebro, que sea sobre cómo cicatrizan en él los recuerdos. Un aroma, una canción, el nombre de una persona, la forma en que pronuncias mi nombre...
Dónde, en qué rincón, en qué pliegue, en qué circunvolución queda grabado a fuego. Cómo se crean caminitos de neuronas, circuitos y redes que me llevan a tu recuerdo con cada cosa que te evoca. Cómo crece el caminito que me lleva al fuego de tu nombre.
¿Por qué no puedo olvidarte? Quiero saber cómo se almacena tu recuerdo con cincel en mi cabeza. Quiero saberlo porque no quiero olvidarte nunca. Porque de pequeño pensaba que el alma es la pila del cerebro. Y ahora, de mayor, creo que esa petaca, esa batería que da energía al cerebro se alimenta, a su vez, de recuerdos hermosos como los que tengo contigo.
No es formal, ni demasiado científico. Pero es un pedacito de fe al que me gusta aferrarme.
El descolocador
A mitad del trayecto, en una de las muchas paradas, subió un hombre de mediana edad que se sentó delante de la pareja. Ella estaba sentada en el regazo de su chico y se reía, esperando que el recién llegado se sintiera cohibido ante la escena y decidiera marcharse a cualquiera de los muchos sitios libres que todavía quedaban en el vagón. Sin embargo, el hombre comenzó a mirar a la pareja fijamente. El chico susurró a su pareja, algo incomodado, que se sentara a su lado y ella, a regañadientes, lo obedeció, pero sin dejar de besar ni de juguetear con su chico. El hombre misterioso, sin apartar la mirada, se sacó el móvil del bolsillo del pantalón y apuntó con su cámara a la joven pareja.
“Perdona, guapa, podrías volver a sentarte sobre tu chico, es que sino no os cojo a los dos...”
“¿Qué?”, Dijo extrañado el chico.
“¿Quién es usted?”, preguntó la muchacha separándose de su pareja y mostrándose alerta.
El hombre, sin dejar hacer como que filmaba con el móvil, respondió:
“¿Conocen a esos señores que trabajan en el cine colocando a la gente que llega tarde a la sala?”
“¿Los acomodadores?”, afirmó sin comprender el chico.
“Pues yo soy un incomodador. A mí me pagan por descolocar a la gente. Besaos un poquito.”
La chica, que todavía estaba cogida de la mano de su pareja, se soltó y pasó a sentarse debidamente, con la tez roja como la grana.
“Es usted un cerdo”, Dijo ella.
“Lárguese de aquí”, Amenazó el chico.
El hombre se puso en pie.

“Me llaman de muchas formas. Aguafiestas, corta-rollos, rompe-atmósferas, saboteador, censurador... Yo me dedico a evitar comportamientos fuera de lugar en sitios públicos. Pueden estar tranquilos,” dijo lanzándole el teléfono al chico, “este móvil es una maqueta.”
Los chicos se miraron perplejos y observaron cómo el incomodador se marchaba y se acercaba a un chaval que escuchaba su MP3 con los pies estirados sobre el asiento de enfrente. Ni corto ni perezoso, apoyó su zapato sobre el muslo del chico:
“Me permites, es que se me han desatado los cordones.”, se agachó un poco más sobre el zapato apoyado en la pierna del chico. “Huy, creo que he pisado una catalina... no te importa, ¿no?”
Mi capa
Las capas ya no están de moda. Y es una lástima, porque poca gente sabe que están directamente relacionadas con el alma. Se podría decir que el alma es una gran capa. Del color que cada uno quiera, con el corte que vaya con la personalidad de cada cual. La forma y el color es lo de menos. Lo que realmente importa es que tenga el mayor número de remiendos posible:
A lo largo de la vida nos encontramos con personas: familiares, amigos, amantes,... a los que entregamos un trocito de nuestra capa. Cada vez que damos un fragmento, la capa pasa a tener un agujero. Este agujero es cubierto, a su vez, con los pedazos de capas que recibimos de otras personas. A veces nos dan un pedazo más pequeño que el que habíamos entregado. Otras veces es más grande y podemos cubrir otros huecos o, incluso, agrandar un poco más la capa.
En ocasiones se sufren grandes decepciones: un amor no correspondido, una traición de un buen amigo, y el hueco que queda en tu capa parece que nunca podrá ser reemplazado. Por ahí entra el frío, que es como la soledad o el miedo, sentimientos que se hacen más grandes cuanto más tiempo se les dedica.
Pero si se ha escogido bien, si la tela de quienes te has topado a lo largo de tu periplo es de buena calidad; Si te dejas arropar por las capas de quienes te quieren y desean lo mejor para ti, esos agujeros se remiendan y el frío desaparece.
Estoy orgulloso de mi capa. Es grande y está llena de parches de todos los tamaños, colores y formas.
Y hoy la miro antes de ponérmela para salir a la calle y sonrío, agradeciendo a todas y cada una de las personas que han contribuido a su tejido. Y sólo espero que los trozos que he repartido a lo largo de mi camino abriguen a quienes les entregué un pedazo de la mía.
Armadura de batalla
Sir William Afraid miraba en derredor sin decidirse por ninguna armadura en particular. Anvyl, el herrero, salió de la trastienda con una coraza que, a su parecer, podría ser del gusto de su exquisito cliente.
- Demasiado ostentosa, quizás, querido Anvyl.
- Es ligera y resistente. Permite una gran movilidad y posee una delicada filigrana de oro con el motivo de los dos dragones con las cabezas cruzadas, el escudo de su feudo.
- Ya pero es que, verá, busco una armadura más de batalla.
- ¿De batalla?
- Sí, más sufrida. Al final siempre acaba manchada de barro, sangre y ceniza.
Anvyl abrió la boca y la volvió a cerrar varias veces sin emitir ningún sonido. Sir William Afraid era el primer noble que conocía que renegaba de las florituras propias de su rango. Lo normal era abusar de los metales preciosos, muy maleables pero poco resistentes. Lo habitual era el exceso en adornos, heráldica y sellos de familias de apellidos enlazados con “de” para tener más alcurnia. Y las plumas. Les encantaba llevar plumas en el casco. Y de colores. Y no unas plumas de aves rapaces, de majestuosas águilas o feroces gavilanes. No. Te pedían plumas de faisanes y pavos reales. Les gustaba emperifollarse y cabalgar en corceles llenos de colores y adornos que conseguían atraer la atención del enemigo desde cientos de metros de distancia. Y ahora llegaba Sir William Afraid y le decía que quería una armadura sin adornos:
- ¿Más de batalla, entonces?
El noble se enfundó sus guantes de terciopelo y, calzándose el sombrero de ala ancha, se despidió de su humilde herrero:
- Sí, querido Anvyl. Algo que funcione. Que no se destroce con una estocada. Algo que me permita pasar desapercibido.
El bueno de Anvyl se sorprendió a sí mismo con una lágrima de emoción cayéndole por la mejilla. Por fin iba a poder hacer el trabajo de su vida.
- ¡Héctor, prepara la fragua!
Mantas
Pensar en presente
http://www.lastfm.es/music/Madeleine+Peyroux/_/This+Is+Heaven+to+Me?autostart
ó
Estaba sentada en su rincón favorito del Café Trípoli. Se levantó lentamente sin poder evitar escuchar a dos mujeronas emperifolladas y recubiertas de pieles y joyas como si no hubiera nada debajo de toda esa parafernalia. Hablaban mal de alguien que no estaba presente. Ella les sonrió educadamente y salió del café al frío de la tarde de noviembre.
Se puso su gorro de lana gris, se apretó el abrigo contra el pecho y salió contenta a la calle. No sabía a qué se debía, pero todo le arrancaba una sonrisa. Una niña que protestaba porque quería el traje de Cenicienta que había visto en el escaparate de la tienda de disfraces de Morris Soto, un perrillo juguetón que había enredado su correa entre las piernas del joven que lo paseaba, un señor serio y obtuso esperando en la parada del autobús que se puso a hacer carantoñas a un bebé que miraba estupefacto y no sabía si reír o llorar.
El autobús se detuvo y ella entró sonriendo. El conductor le devolvió la sonrisa. La gente iba seria, gris, mirando a ningún sitio dentro del bus. Miraban la hora deseando llegar a sus destinos. Miraban las luces de fuera sin verlas. Y ella los veía a todos ellos y se sentía dichosa. No los compadecía. Tampoco los envidiaba. Sólo se sentía bien y pensaba que todos ellos podrían estarlo también. Que la felicidad no está en ningún sitio y también puede encontrarse en cada pequeño gesto.
Presionó el botón de parada. El autobús se detuvo. Antes de bajar se despidió de una niña junto a la salida que llevaba un globo de un ratón cabezudo con orejas negras y parabólicas. La niña le devolvió el gesto con la mano y balanceó con alegría unas piernecitas que todavía no alcanzaban al suelo.
Avanzó hacia su portal, deshilvanando un pensamiento que la hizo sonreír de nuevo. A lo mejor ése es el secreto que explica por qué se siente tan bien. A lo mejor es tan sencillo como volver a ver las cosas como cuando éramos niños. Como cuando no llevábamos reloj y el futuro no nos importaba porque quedaba muy lejos. A lo mejor es tan fácil como aprender a disfrutar de lo que ocurre ahora mismo sin estar pendientes de qué ocurrirá a continuación.
Se busca letrista
He intentado subir una muestra de la música pero esto de Internet no se me da muy bien y no consigo colgar el tema.
Tampoco he podido subir la partitura porque no sé solfeo (soy autodidacta y toco de oído. De verdad. Yo escucho una melodía y en dos minutos te la saco con el órgano).
Dejo aquí la referencia de la música. Nota: toca en escala Sol y a ritmo allegro.
Titititíííííí Titititííííí
Tu-pa, tupá-tupá, tu-pa, tupá-tupá
(puente)
Chan! chananana chananana nanano
Chana! chanana chanana chanana chanana
Psssssstttt tupÁ!
(Estribillo)
Tiri tiriruri tirirú, turiro turiró turiro turitíííí to
Tiri tiriruri tirirú, turiro turiró turiro turitíííí to
Tararara Tararaaaaaaaaaaaa
(coro)
Chinín, tintirotiró tiriri tiriro titó (chinín chinín)
Guarangua guanguara twubidú, guarangua guanguara twubidí dubidú
(solo)
Tiritititíiiiii turiruríi totitotó taruritutiritotatúúúú
turiruriruriruriruriruri tuííííi turururutirurururíííí
Tupá-tupá
(puente)
Chan! chananana chananana nanano
Chana! chanana chanana chanana chanana
Psssssstttt tupÁ!
(Estribillo)
Tiri tiriruri tirirú, turiro turiró turiro turitíííí to
Tiri tiriruri tirirú, turiro turiró turiro turitíííí to
(Estribillo)
Tiri tiriruri tirirú, turiro turiró turiro turitíííí to
Tiri tiriruri tirirú, turiro turiró turiro turitíííí to
a narrar
Ahora que las ideas se le han ido acumulando en el interior de la mente durante meses, como si de pequeñas bolitas peludas dentro de una caja se tratara, ahora que éstas juegan alborotadas porque ya no tienen espacio en su cabeza, empiezan a desfilar ante sus ojos historias y argumentos.
Siempre estuvieron ahí, pero durante un tiempo dejo de verlas con mirada narrativa. Quizás fuera por pragmatismo. Muy probablemente por pereza. Pero él está infectado. Hace mucho tiempo que le picó el gusanillo de narrar, de contar las cosas tal y como las ve y, aunque se tome descansos, siempre vuelve.
Ya se fue en una ocasión y volvió en otra. No le cabe duda de que volverá a marcharse, pues en esto no puede evitar sentirse como un mar atraído y repelido por una Luna juguetona y caprichosa. Pero ahora ya no piensa tanto en el futuro y prefiere centrarse más en lo que está ocurriendo que en lo que sucederá. Quizás sea porque lo que está aconteciendo ahora mismo pasa a ser pretérito tan pronto como se lee. Probablemente no quiera que sus pensamientos distraídos, sus ideas peregrinas y sus ocurrencias de bombero queden extraviadas en los surcos de su memoria.
Desconozco la razón y tampoco me interesa. Sólo sé que quiere volver a narrar.
Música de Ciudad Idilio
Espero que las disfrutéis y que, a falta de palabras, buenas sean las notas musicales.
No tengo
No tengo miedo, no tengo sueño, no tengo techo ni tengo dueño.
Conmigo está el Alba que me encontró extraviado un sábado por la mañana.
Conmigo la desconocida que siempre acabo conociendo en un avión, en un autobús, en una estación.
Consigo encontrar unos ojos en los que perderme y la soledad se lleva consigo las ganas de ganarme.
Me duermo besando los lunares de su espalda y al día siguiente desaparece tal como vino.
Y como vino me embriaga de nuevo la soledad que siempre parece volver para hacerme compañía.
No tengo nada y nada me importa. No tengo nada que decir. No tengo nada que callar.
Avenida de los Contadores
Sea como fuere, y hasta donde yo sé, en esta avenida siempre han vivido los relojeros y orfebres más renombrados de la ciudad y el lucro lo han obtenido a partir de su trabajo y no con artimañas de adivino ambulante.
El caso es que, por una razón u otra, esta avenida tiene la peculiaridad de mostrarte números. Cifras aparentemente sin sentido que algunos iluminados están convencidos de que significan algo. Pueden aparecer de las formas más diversas, pero casi todos coinciden en que su significado es claro: son cuentas de segundos.
Un conocido vecino de Idiliópolis llamado Antonio Tasco, por ejemplo, asegura que cada vez que pasa por esas aceras su reloj digital le muestra la cantidad de tiempo que ha pasado a lo largo de su vida atrapado en atascos. Se ha visto a melancólicos enamorados y desenamorados merodear por los alrededores esperando encontrar una cifra que les diga cuánto tiempo les queda para estar con su amor. Por allí circulan ludópatas obsesionados por dar con la combinación ganadora de su juego de azar favorito o, al menos, con la cantidad de tiempo que les resta para encontrar, por otros medios, dicha combinación.
El problema es que si no tienes la cabeza muy clara, esta calle puede alborotarte; Tienes que estar muy concentrado en la cuenta que quieres que te sea desvelada. O, al menos, eso dicen. Puede ocurrir que circules con la sana intención de averiguar, por ejemplo, cuanto tiempo falta para que ocurra alguna cosa y, si por una de esas, te viene a la mente que hace mucho que no ves a tu amigo del alma, la cifra que aparece como una especie de fuego fatuo puede representar la de tu cuenta atrás o bien la del lapso de tiempo pasado desde la última vez que viste a ese amigo.
Uno no termina de saber si tomar por ciertas esas cifras puesto que, casi con toda seguridad, aparezca la cifra que aparezca danzando como fuego flamígero (al menos a mí me aparecen así), se corresponderá con alguna cantidad de tiempo: el pasado desde la última vez que viste un relámpago en el cielo, o que miraste con deseo a una mujer o el que falta para que te venga la próxima factura de teléfono.
Quizás ése sea uno de los encantos de la calle. Nadie pone en duda el hecho de que los números fantasma aparecen ante los ojos de los transeúntes de la Avenida de los Contadores (hay crónicas que narran que en siglos pasados se aparecían en forma de números romanos, o sea que esto viene sucediendo desde tiempos inmemoriales), lo que no está tan claro es porqué ocurre y qué significan cada una de las cifras. Tal vez sea mejor así. A veces es preferible vivir con la tranquilidad que da la imprecisión del tiempo, que se hace largo cuando te asedia el tedio y pasa volando como el zumbido de un zángano cuando más estás disfrutando.
Deseo
Este año tengo una sola propuesta. Quizás la más grande que haya tenido. Para este año sólo te deseo a ti. Lo demás lo puedo conseguir por mí mismo poniendo mayor o menor empeño. Lo demás puedo alcanzarlo gracias a los deseos de mis seres queridos.
Pero la única cosa, el único anhelo, la única imagen que se me dibuja en la oscuridad de mis párpados eres tú. Eres el único deseo que no depende enteramente de mí. Te deseo todas las cosas buenas que puedan pasarte. Te deseo que una de esas cosa sea yo.
Te deseo.
Alas
Tal vez sea porque soy tu guardián, porque cuido de ti aunque tú no lo sepas. Siempre ha habido una parte de mí que pensaba que debía velar por algo o alguien. Y desde que te conocí no pasa un día en que mi recuerdo no te invoque. No hay una sola noche en que las alas de mi alma no se desplieguen para abrigar con sus plumas tu recuerdo, tu imagen.
Das un sentido al batir de mis alas. Das un motivo para desplegarlas. Eres razón y objeto, destino y camino.
Vuelvo a mover mis hombros. El dolor aflora de nuevo, pero cuando se me dibuja tu cara se esfuma como volutas de humo en el aire.
Soledad
La cara le brilla cada vez que saluda a un conocido.
Cordialidad sincera que se torna fingida en cuanto deja de haber conocidos en su campo de visión.
Soledad está rodeada de gente pero se siente sola. No presta atención a las calles de nombres evocadores. No ve más allá de la burbuja en la que ha instalado su alma.
Soledad quisiera tener alguien cerca a quién contarle lo que la aflije. Tiene amigas y madre y hermanas, pero ninguna parece poder consolarla.
Soledad querría cruzarse con una mirada especial, confidente, que la rescatara de su fortaleza de soledad.
Soledad saca las manos enguantadas de sus bolsillos y deja que sus dedos rocen las de los demás.
Es Navidad, pero la gente aparta las manos cuando nota un contacto cálido.
La gente tiene miedo a tocarse, a ser tocada.
Hoy ella no encontrará esa mirada.
Calleja del Pliego
Hay una pequeña calleja estrecha en el casco antiguo de esta ciudad con nombres al pie de la letra en la que me gusta perderme en las madrugadas de insomnio de las noches de verano. Se parece a un sendero tortuoso lindado por casas antiguas y anacrónicos bancos de hormigón en donde las gentes de la ciudad buscan la inspiración para sus escritos profesionales y personales. La Calleja del Pliego, pues así se llama este estrecho camino que da sombra fresca en verano y favorece el soplo de los vientos del Sur en invierno por su acertada ubicación, suele estar poblada durante el día por todo tipo de personas.
La gente llega a este lugar con sus libretas y hojas en blanco, con sus portátiles los más jóvenes o profesionales, y se sientan en cualquiera de los numerosos y amplios bancos con capacidad para ocho posaderas cada uno. Nadie sabe qué tiene esa calleja, ni cómo ocurre el pequeño milagro, pero a la mayoría les basta con saber que sucede, sin preguntarse porqué: A los pocos segundos de estar sentado en cualquiera de sus bancos, las ideas se ordenan en la mente y pueden ser plasmadas sin problemas en un papel. Cientos de escritores faltos de inspiración o estancados en un punto muerto de sus obras, de cronistas con las ideas alborotadas, de periodistas que no recuerdan el orden de las siete preguntas que una noticia debe respetar en su redacción, de enamorados que desean soltar a borbotones todo el veneno de amor que llevan en las entrañas, de abogados que preparan su alegato final en el actual caso de su vida, de poetas que no encuentran la rima adecuada con la que acabar sus sonetos, de usuarios de telefonía móvil y conexiones a internet que desean escribir una queja a la Oficina Municipal de Información al Consumidor, de compositores de orquesta que anhelan terminar el último movimiento de una obra inacabada de uno de los grandes, incluso matemáticos que desean resolver un problema algebraico aparentemente indecidible. Todos ellos buscan allí las notas, las operaciones y palabras que dan sentido a lo que buscan y todos ellos suelen encontrar un modo satisfactorio de resolver sus bloqueos con el lápiz o el teclado.
Incluso si todavía alguno de estos ciudadanos sigue teniendo problemas debido a sus pocas trazas con las palabras, hay un grupo de mendigos eruditos que ofrecen su ayuda y apoyo a cambio de unas pocas monedas. Indigentes sabios e instruidos, muchos de ellos profesores que abandonaron la docencia porque no creían en el sistema actual de educación, que se pasean calleja arriba y abajo chivando al oído la palabra o expresión que se resiste a brotar de la mente.
La Calleja del Pliego ofrece un aspecto totalmente diferente por la madrugada. Resulta sobrecogedor caminar por esa senda de palabras inspiradas totalmente vacía de vida cuando sabes que durante el día está abarrotada de gente ansiosa por escribir sus pliegos de amor o de quejas, sus teoremas o sus adagios. Los bastos bancos vacíos a uno y otro lado del sinuoso recorrido que describe, las casas antiguas y bien cuidadas, de balconadas de rejería negra y tejados de pendiente pronunciada como si fueran necesarios para evacuar una nieve invernal que nunca se ha producido en la ciudad. Todo tiene un aire distinto a la luz anaranjada de las farolas.
Decido sentarme en uno de los bancos y cierro los ojos para respirar mejor la brisa de la madrugada. Aún sin abrirlos, sé que hay alguien cerca. Alguien que se ha acercado haciendo el ruidoso silencio de quien quiere aproximarse sin ser oído. “Buenas noches”, Le digo, y una voz cascada y gutural con un ligero tufillo a vino barato me responde: “Buenas noches, chico. ¿No es un poco tarde para buscar inspiración? ¿O acaso es demasiado temprano?”. Sonrío y abro los ojos. Su cara me suena. Es uno de los muchos consejeros de palabras que pueblan estas baldosas. “No busco inspiración, busco que el sueño me encuentre.” “Pues este no es sitio adecuado, muchacho”, Me responde el viejo que no lo es tanto, “Aquí las palabras surgen como un fogonazo e impiden a la mente descansar. Yo sólo paso mis noches aquí cuando quiero recodar con lucidez. Cuando quiero inventar palabras que nunca dije y que hubieran cambiado mi destino. ¿Estás aquí por eso esta noche, chico?” “Casanueva. Llámeme Casanueva. Supongo que sí, amigo…” “Lenin. Yo soy Lenin, como el comunista.” “Lenin”, Repito, “Sí, Lenin, creo que tiene razón. Quizás haya venido aquí buscando las respuestas que desconocen los techos de mi dormitorio.” “Déjame averiguar… Se trata de una mujer, ¿verdad?” “Sí, pero no creas que me impresionas, Lenin, eso es muy fácil de deducir. Dudo que haya mucha gente que venga hasta aquí de madrugada para escribir una hoja de reclamación a la empresa municipal de transportes”. Lenin ríe de buena gana, enrareciendo ligeramente el aire con su aliento de borrachín. “Tienes buena labia, Casanueva. Y también toda la razón. Pero sí que sé por qué estás aquí: Quieres que ella esté a tu lado, ¿verdad?” Le miro con mudo asombro y dejo que prosiga: “Sí. En realidad no eres el único que pasea de madrugada por esta calleja. Todos los que nos sentamos aquí a estas horas anhelamos lo mismo. Nadie viene por El Pliego porque tenga dudas sobre dejar a una persona. Sólo viene quien añora la compañía; no quien la repudia.” “¿Cómo sabes tanto de la gente, Lenin?” El hombre me mira con una sonrisa pícara salpicada de nostalgia. Suspira profundamente antes de responderme: “Yo antes era como tú, ¿sabes? Joven, con todos los dientes en la boca y un futuro en el horizonte. Hasta que conocí a una mujer, Casanueva, una mujer de la que me enamoré perdidamente. Salimos juntos durante una temporada. La época más feliz de mi vida. Pero un buen día los vientos dejaron de soplar favorablemente y ella decidió alejarse de mi lado. El amor que llevaba dentro comenzó a envenenarme. Venía por aquí casi a diario y cada día escribía un pliego de amor para ella que por la noche colaba por debajo de su puerta. Así durante más de un año hasta que, poco a poco, fui dándola por perdida. No comía, no trabajaba, no podía hacer otra cosa más que venir por aquí y evocar su imagen en forma de palabras que me dictaban estas casas, estas baldosas y farolas. Llegó un día en que dejé de enviarle los pliegos y pasé a guardármelos en los bolsillos. Con el tiempo, vi que había gente que también hacía algo parecido a lo que yo y decidí aconsejarla ayudándole a elegir las palabras adecuadas. Muchos alcanzaron o recuperaron su amor. Otros, como yo, corrieron peor suerte. Cuando no tengo ganas de dormir, vengo aquí y releo alguno de los pliegos que nunca le llegué a entregar, pensando que quizás ésa hubiera sido la carta que hubiera cambiado mi destino.”
Miro a Lenin con pena. Pese a la lucidez de palabras que esa calleja otorga a los transeúntes, sólo se me ocurre apoyar mi mano en su antebrazo. El hombre agradece el gesto colocando su mano sobre la mía. “El mío es un mal ejemplo, Casanueva. No tiene por qué pasarte a ti. Pero quiero que pienses una cosa, chico. Si algo me ha enseñado esta calleja sinuosa es que da igual el dinero que se tenga o los coches o los bienes que se posean. Al final todas las vidas, buenas o malas, están formadas únicamente por recuerdos. Tus recuerdos y el instante presente, el que estás viviendo ahora mismo. Y ya está. Mi vida no ha sido la mejor, pero conservo conmigo los mejores recuerdos que ha sabido darme. Tú eres todavía joven e ingenuo y tienes aún un montón de recuerdos que crear. Si la quieres, si crees que es la mujer de tu vida, hazlo. No lo intentes ni trates de hacer ni procures. Sólo hazlo. Ve a por ella. Y si en algún momento tienes dudas, si te asaltan en mitad de la noche, si conduciendo se te cruza la idea de que a lo mejor no es ella la mujer que estás buscando, entonces no malgastes más tu tiempo y sigue adelante. No digo que sea fácil olvidarla de un día para otro, pero para luchar por alguien se tiene que estar totalmente seguro. ¿Acaso tú lo estás, Casanueva?”. Le miro a los ojos y respondo: “Le dije que en estas semanas que llevo alejado de ella he aprendido que no la necesito para ser feliz. Que podría serlo con otra persona. Pero que quería serlo con ella, que sé que podemos. Es… como esta calle, Lenin: la gente no sabe cómo funciona pero sabe que funciona, que vienes aquí y la inspiración te llega. Con ella me ocurre lo mismo; no sé explicar porqué tendría que funcionar, pero sé que irá bien.” Lenin me da un golpecito de complicidad en la espalda y poniéndose en pie se despide diciéndome: “Chico, yo creo que no necesitas escribirle nada a esa muchacha. Creo que ya le has dicho lo que tenías que decirle, y con muy buenas palabras, permíteme añadir. Lo único que te puedo decir es que ahora te toca esperar y que, por tanto, tu insomnio está más que justificado pero también es inútil. Casanueva, lo que tenga que ser será. Sólo te deseo que seas feliz y que las palabras de tus pliegos se cumplan. Ha sido un placer charlar contigo. Buenas noches.”
Lenin se marcha calle abajo tambaleándose y tarareando una vieja canción de marineros. Yo saco mi libretita inseparable y comienzo a redactar este encuentro de noche de verano.
El Carretillero
Se llamaba Filomeno. A su pesar. Un nombre tan poco exótico no podía servir en el mundo en que pensaba moverse. Trató de buscar en vano un nombre pegadizo: Mástor, Potro, Dash, pero al final se quedó con el que le pusieron sus amigos de parranda un lejano día de carnaval. Aquél año se había disfrazado del hombre de la marca de espárragos La Carretilla. Se había puesto un peto vaquero, una camisa a cuadros y un sombrero de paja. Amén de una carretilla que encontró en el patio de la casa de sus padres. Físicamente, se parecía al actor del anuncio y, además, durante la noche se dedicó a contarle a todo el mundo que, cada vez que se detenía para abrir el bote de espárragos blancos y comerse uno, la carretilla la sujetaba con sus atributos masculinos.
Así fue como su pandilla empezó a conocerlo como el Carretillero. El apodo se fue extendiendo, llegando incluso a oídos de los familiares, que nunca supieron a ciencia cierta el origen de tan curioso sobrenombre.
Filomeno, el Carretillero, estaba poniéndose espuma fijadora en el pelo frente al espejo. Tenía una cita a las ocho con una mujer de mediana edad. Mientras se ajustaba el cuello de la camisa negra, recordaba los primeros días tras su decisión. Recordó que, en un principio, no sabía qué hacer. "¿Uno se hace gigoló y ya está? ¿O baja a una esquina y espera a que un coche se detenga? ¿O deja currículums en los locales de Boys y strip-tease?" Tenía un amigo que quería meterse a actor porno, pero lo único que obtuvo de él fue que debía beber mucho zumo de piña para tener buenas eyaculaciones y mucho tomate para aguantar las erecciones. Al final decidió poner un discreto anuncio en el periódico local. Se compró un teléfono de móvil sólo para el negocio y esperó. Pasaron dos días hasta que recibió la primera llamada. Era para hacer un strip-tease en una despedida de soltera. Tuvo que rechazarlo. "Yo sólo me dedico al sexo, cariño." Finalmente, llamó una mujer proponiéndole un encuentro. Su voz era fina y se la notaba cortada. Le sorprendió cómo con un par de palabras bien dichas consiguió calmarla y que se animara a probar. "Es que me da un poco de vergüenza. Es la primera vez." "Siempre tiene que haber una primera vez. Te aseguro que no eres la única que siente que es la primera vez." Hubo un pequeño silencio. "¿Ah, no?" "Cada vez es una primera vez. Cada vez es un volver a empezar. No tienes porqué sentir miedo o vergüenza."
Quedaron en una plaza. Él la recogió y se la llevó al hostal al que habían acordado acudir. Ambos quedaron satisfechos. Ella repetiría desde aquél momento en situaciones esporádicas, "siempre que necesite que empujes mi carretilla". Él se quedó sorprendido de ver que era capaz de dejar sus sentimientos a un lado y entregarse únicamente en cuerpo, dejando de lado el alma.
Sólo trabajaba para mujeres y, a ser posible, mayores de cuarenta. Pronto descubrió que las veinteañeras, aparte de ser escasas, exigían demasiado y le trataban como un despojo. Las treintañeras eran demasiado neuróticas para su gusto, resultaban estresantes porque eran inexpertas en el engaño matrimonial o porque acudían a él como réplica al adorno en forma de cuernos con que sus maridos, previamente, les habían obsequiado. No es que las rechazara, un negocio es un negocio, pero si tenía dónde elegir, prefería atender las necesidades de las mujeres maduras.
Era curioso cómo la mayoría, después de la transacción, se quedaban mirando el techo y le decían "Tengo un hijo de tu edad. Está terminando medicina." "Yo también estudio", solía responderles, "Con esto me costeo el piso, el coche y la carrera." "¿Y tu novia que opina de todo esto?" "No tengo. No necesito."
Filomeno salió del cuarto de baño y llamó al ascensor. Cuando la puerta se abrió, su réplica exacta le miró desde el otro lado del espejo. Fue un momento. Ahí, frente al espejo, evocó a todas las mujeres con las que había estado. Saliendo del portal fue consciente de que había llegado a encariñarse de sus clientas habituales. Bajando la calle para dirigirse a la puerta del cine donde le esperaba una de las más recientes, se dio cuenta de que no era verdad. De que era falso que no pusiera el alma en lo que hacía. Se detuvo delante de un escaparate y se observó en el cristal. Ahí estaba. Con veintinueve años. Con cinco años a sus espaldas de sábanas mojadas y adulterio. Tenía una buena clientela. Su agenda estaba repleta de citas para las próximas semanas. Una agenda gruesa e inflada por el uso. Se miró con más detenimiento en el escaparate y comprendió que él era así. Que no podía evitar poner parte de su alma en todo lo que hacía y que, aunque se dijera a sí mismo lo contrario, se implicaba con sus clientas. Le vinieron a la mente recuerdos en forma de regalitos de cumpleaños a sus chicas favoritas, de velitas en toda la habitación porque sabía que a ellas le gustaba. Recordó que tampoco cerraba los ojos, que sólo lo hacía al principio cuando no quería sentir, cuando quería aislar sus sentidos, separar el acto físico del espiritual.
Parpadeó frente al escaparate. Comprobó que su peinado continuaba perfecto y consultó la hora. Llegaba tarde a su cita.
Ela e ele
Ela falava, ele não ouvia. Ela sofria, ele nem ligava. Ela sorria pra ele, ele ria dela. Ela queria coisa séria, ele só queria se divertir. Ela queria para sempre, ele só por um momento. Ela procurava o príncipe, ele procurava a próxima. Ela o queria, ele queria uma. Ela ficava por conteúdo e sentimento, ele ficava por quantidade. Ele descobriu que ela era única, ela descobriu que ele era apenas mais um. Tarde demais pra ele...
Foto y texto por Mandy Alves el 29 de jun '07, 9:28 CEST.
Calle del Olvido
En la Calle del Olvido no hay más que un portal. Es una avenida larga y estrecha, donde se dejan ver los comercios más antiguos y modestos de la ciudad. Panaderías, tascas, fruterías, peluquerías de barrio, ferreterías y tiendas de lencería constituyen el paisaje de escaparates de la Calle del Olvido. Pero sólo hay un edificio cuyo portal dé a la calle. El resto de viviendas han sido construidas de manera que sus accesos queden en las calles perpendiculares o en las opuestas. Y es que la Calle del Olvido no tiene compasión ni por sus convecinos.
El nombre, como ya he dicho, proviene del hecho de que las ráfagas de viento que la azotan hace a cualquier transeúnte olvidar el hilo de sus pensamientos. Cuando los habitantes de la ciudad veían volar un sombrero de caballero o un chal sabían al instante por dónde había pasado su dueño. Todos los ciudadanos que pasaban por allí acababan con el pelo revuelto de arenilla de los parques y hojas de los árboles. La Calle del Olvido era la más democrática de las calles. Afectaba por igual a todos los habitantes. A las mujeres de pelo largo, a los hombres maduros con peinados imposibles que trataban de ocultar su calvicie. No había fijador que resistiera la tenacidad de sus vientos ni falda o gorra que no despertara impetuosamente cuando su dueño se adentraba en aquella calle.
La gente sin embargo, no la evitaba. Era fácil ver a personas que necesitaban liberarse de sus pensamientos, gente que necesitaba afrontar su vida desde otro punto de vista. Nunca estuvo más justificado que en esta calle el dicho de "cambiar de aires". La bofetada de aire, helador en invierno y abrasador en verano, tenía la facultad de cambiar por un instante la percepción de todos cuantos pasaban por la calle.
Había sin embargo, y como excepción que confirma la regla, un individuo al que la Calle del Olvido trataba con deferencia. Vivía en el edificio cuyo portal daba directamente a la calle. Era un edificio antiguo y destartalado alquilado íntegramente a emigrantes. En cada planta había una nacionalidad. Chinos en el primero, marroquíes en el segundo, rumanos en el tercero, uruguayos en el cuarto, y cubanos en el último. Todos ellos vivían en armonía, como si de una pequeña representación de la ONU se tratara. Él, sin embargo, no era de ninguno de estos sitios. Aunque vivía en el quinto, debido a su origen caribeño, era oriundo de Jamaica. Se llamaba Leo. Leo Dread. Estaba orgulloso de sus antepasados piratas y se vanagloriaba de su sencilla y tranquila vida.
Leo era barrendero. Y disfrutaba de su trabajo. El ayuntamiento le había asignado, precisamente, la calle de la que nadie quería encargarse. Él aceptó encantado. Tenía su trabajo justo debajo de casa. Los compañeros le advirtieron que no era tarea sencilla mantener limpia esa calle donde el viento arrastraba un sinfín de objetos y volaba de un plumazo los montones de hojas que amontonaban a los pies de los árboles frondosos. "No es fácil, Dread, nada fácil. Todos acabamos escarmentados. Además, con ése dichoso viento es imposible concentrarse. Se te olvida lo que piensas hacer antes de que empieces a hacerlo."
Leo, sin embargo, tenía un secreto. Un secreto a voces. Como buen jamaicano, su pelo estaba formado por grandiosas rastas. Una docena de rastas negras y gruesas como toallas enrolladas que hacían indemne cualquier intento del viento por mover un ápice de su cabellera. Tampoco servía de mucho los intentos del viento por adherirle hojas y papeles, pues con una pasada de la mano, sus rastas quedaban limpias y relucientes. A la semana de barrer la zona, los vientos de la Calle del Olvido, cansados de soplar en vano, decidieron conceder una tregua al rastafari. Convocaron a Leo por la noche, en el balcón de su casa, y le propusieron un trato. Si él se dejaba volar de vez en cuando alguna prenda, los vientos se comprometían a no soplar sobre su trabajo, a hacerle su tarea más llevadera. El rastafari aceptó encantado.
Desde entonces, la Calle del Olvido está más limpia que nunca. Toda la ciudad conoce a Leo Dread como 'el rastafari que no olvida' y tan sólo un pequeño tributo en forma de chaleco reflectante o de gorro reglamentario del uniforme hace que los vientos lo respeten y que los habitantes piensen que, de vez en cuando, hasta las personas más sencillas son capaces de los mayores prodigios.
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