Este año tengo una sola propuesta. Quizás la más grande que haya tenido. Para este año sólo te deseo a ti. Lo demás lo puedo conseguir por mí mismo poniendo mayor o menor empeño. Lo demás puedo alcanzarlo gracias a los deseos de mis seres queridos.
Pero la única cosa, el único anhelo, la única imagen que se me dibuja en la oscuridad de mis párpados eres tú. Eres el único deseo que no depende enteramente de mí. Te deseo todas las cosas buenas que puedan pasarte. Te deseo que una de esas cosa sea yo.
Hoy tengo la espalda dolorida. Muevo los hombros y me recorre el dolor dulzón de las agujetas en cada músculo. Es como si hubiera estado batiendo unas alas invisibles durante toda la noche.
Tal vez sea porque soy tu guardián, porque cuido de ti aunque tú no lo sepas. Siempre ha habido una parte de mí que pensaba que debía velar por algo o alguien. Y desde que te conocí no pasa un día en que mi recuerdo no te invoque. No hay una sola noche en que las alas de mi alma no se desplieguen para abrigar con sus plumas tu recuerdo, tu imagen.
Tengo la espalda fortalecida de planear por la blancura de tus techos. Desde allí velo por ti tanto en las noches de descanso como en las de insomnio. Aunque no me veas, aunque sólo me intuyas.
Das un sentido al batir de mis alas. Das un motivo para desplegarlas. Eres razón y objeto, destino y camino.
Vuelvo a mover mis hombros. El dolor aflora de nuevo, pero cuando se me dibuja tu cara se esfuma como volutas de humo en el aire.
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